Hagamos un ejercicio juntos.
No es un ejercicio raro. Es, de hecho, el ejercicio más común de toda la escatología (la rama de la teología y la filosofía que estudia el destino final del ser humano y del universo) popular, el que hace cualquier predicador de fin de semana, cualquier canal de YouTube con miles de suscriptores, los canales de TikTok, cualquier grupo de estudio bíblico un martes por la noche. Vamos a hacerlo con toda seriedad, sin ironía, sin trampa todavía. Al final le pondremos nombre a lo que hicimos.
Ubicándonos en el tiempo
Empecemos por lo obvio: vivimos en una época de guerras y rumores de guerra. Jesús mismo lo anunció en Mateo 24:6-7 — naciones que se levantan contra naciones, reinos contra reinos. Basta con abrir cualquier portal de noticias para confirmar que el patrón sigue vigente.
A eso súmale las pestes. Mateo 24:7 también las menciona, junto con hambres y terremotos “en diferentes lugares”. No hace falta forzar mucho la lectura para pensar en la última pandemia global, o en la frecuencia con la que ahora escuchamos sobre sismos que antes nos parecían remotos.
Después está Israel. Desde 1948 el pueblo hebreo tiene, otra vez, una nación. Para muchos lectores de Ezequiel 37 — el valle de los huesos secos que vuelven a la vida — esto no es un dato geopolítico más. Es una pieza que encaja.
Sumemos la tecnología. Apocalipsis 13:16-17 habla de una marca, sin la cual nadie podrá “comprar ni vender”. Vivimos en un mundo de pagos digitales, identificación biométrica, vigilancia algorítmica. Piense nada más en el Mundial 2026: en los estadios no se podía comprar ni vender si no era usando VISA. La infraestructura para algo así, dicen muchos, ya está construida.
Y luego Daniel. El profeta habla de “setenta semanas” determinadas para su pueblo (Daniel 9:24-27), un cronograma que muchos intérpretes han tratado de calzar con eventos históricos concretos, desde la reconstrucción de Jerusalén hasta la firma de tratados internacionales contemporáneos.
Si ponemos todo esto en fila — Mateo, Ezequiel, Apocalipsis, Daniel — la conclusión parece casi inevitable: estamos cerca. Muy cerca. Las piezas están todas sobre la mesa, y el cuadro que forman es difícil de ignorar.
Deténgase un momento
Ahora relea lo que acabamos de hacer.
Tomamos una frase de Mateo, escrita por un evangelista judío, dirigida a una audiencia que necesitaba entender el discurso de Jesús sobre el templo de Jerusalén y su destrucción inminente en el siglo I.
La cruzamos con una visión de Ezequiel, un profeta exiliado en Babilonia seis siglos antes de Cristo, que le hablaba a un pueblo desmoralizado sobre la restauración nacional de Israel tras el exilio.
Le añadimos una imagen de Apocalipsis, un libro apocalíptico escrito por Juan para siete iglesias concretas de Asia Menor que enfrentaban presión política y religiosa bajo Roma, en un género literario que se comunica mediante símbolos que su audiencia original sabía interpretar y que nosotros, veinte siglos después, apenas intuimos.
Y cerramos con Daniel, un libro que combina narrativa e visión apocalíptica, escrito en un contexto de exilio e imperio, dirigido a sostener la fe de un pueblo bajo dominación extranjera.
Cuatro autores. Cuatro audiencias distintas. Cuatro géneros literarios distintos. Cuatro problemas históricos completamente distintos, cada uno resuelto para su propio momento.
Y los tratamos como si fueran un solo autor, hablando de un solo evento, dirigiéndose a un solo lector: nosotros, hoy.
Ese es el ejercicio. No es un ejercicio marginal de algunos predicadores sensacionalistas. Es, con pequeñas variaciones, el método detrás de la mayoría de la escatología popular contemporánea.
El problema no es la conclusión. Es el método.
Podría estar equivocado el orden de los eventos que describimos arriba. Podría estar acertado. Ese no es, en realidad, el punto de este artículo.
El punto es anterior: ¿tiene sentido construir una conclusión cruzando cuatro textos sin haber entendido primero qué quiso decir cada autor en su propio contexto?
Nadie estudiaría así ninguna otra doctrina de la Biblia. Si alguien quisiera entender la justificación por la fe, no empezaría mezclando una frase de Romanos con otra de Santiago y otra de Hebreos sin antes preguntar qué está argumentando Pablo en Romanos, qué está argumentando Santiago en su carta, y si acaso están hablando exactamente del mismo problema.
Con la escatología, sin embargo, ese cruce inmediato de textos se ha vuelto el método por defecto. Se toma un versículo de Daniel, se mezcla con uno de Apocalipsis, se le añade una frase de Ezequiel, se incorpora un pasaje de Mateo, se agregan las noticias de la semana, y el resultado se presenta como “lo que dice la Biblia” sobre el momento que vivimos.
Pero eso casi nunca es lo que dice la Biblia. Es lo que dice un sistema construido a partir de asociaciones entre textos — asociaciones que, muchas veces, el texto mismo nunca hizo.
Como digo siempre: un versículo sacado de contexto es un pretexto.
La regla que vamos a seguir
Antes de preguntar si dos pasajes hablan del mismo evento, hay preguntas anteriores que hay que responder para cada uno por separado:
¿Quién escribió este libro? ¿A quién le escribe? ¿Qué problema concreto intenta resolver? ¿Qué género literario está usando? ¿Cómo habría entendido este texto su audiencia original, sin las noticias de hoy en la mano?
Solo después de responder eso para un libro — y solo para ese libro — tiene sentido preguntar si otro libro desarrolla la misma idea, o si en realidad está resolviendo un problema completamente distinto.
Esa es la regla que va a gobernar toda esta serie: cada libro habla primero por sí mismo.
No vamos a estudiar el fin de los tiempos a través de un sistema teológico previo. Vamos a estudiar lo que cada autor bíblico quiso comunicar, en su propio contexto, antes de intentar armonizarlo con el resto de la Escritura.
Esto no significa negar que la Biblia tenga unidad, ni que distintos autores puedan estar apuntando, cada uno desde su lugar, hacia una misma esperanza final. Significa respetar el orden del proceso: primero la exégesis de cada texto, después — si el propio texto lo permite — la síntesis teológica. No al revés.
Lo que viene
En los próximos artículos vamos a hacer, libro por libro, lo que no hicimos en este primero. Vamos a preguntarle a Mateo 24 qué fue exactamente lo que los discípulos preguntaron, antes de hablar del Anticristo. Vamos a leer las setenta semanas de Daniel sin traer todavía a Apocalipsis. Vamos a preguntarle a Juan qué tipo de libro escribió, y cómo lo habrían leído las siete iglesias, antes de identificar bestias modernas. Vamos a buscar la palabra “anticristo” donde realmente aparece — y no es donde la mayoría cree.
Solo al final, después de haber escuchado a cada autor por separado, volveremos a la pregunta con la que empezamos: en qué etapa del fin estamos, y cómo lo sabríamos.
Por ahora, quédese con esta otra pregunta, que es en realidad la más importante de todo este artículo: la próxima vez que alguien le presente un mapa del fin de los tiempos armado con versículos de cuatro libros distintos, ¿qué le va a preguntar primero?