Cumplí 41 años este año.
Y les confieso que nunca pensé que a esta edad iba a escribir lo que voy a escribir.
Este año perdí mi trabajo. Empecé otro. La economía en el hogar estuvo bastante ajustada. El auto empezó a fallar. Gastos, estrés, cambios, inicios. Un año de estiras y encoges que me dejó, en más de un momento, mirando al techo sin saber para dónde ir.
Pero hay algo más. Algo que usualmente no cuento, porque uno tiene un ministerio, y se supone que uno tiene todo en orden. En mis 41 años, nunca me había sentido deprimido. Hasta este año. Por primera vez en mi vida experimenté lo que es sentirse fracasado, sin norte, con el peso de todo encima. Y lo digo sin vergüenza, porque creo que la honestidad vale más que la apariencia.
A pesar de todo eso, decidí algo: decidí tener una actitud de agradecimiento. No porque quisiera sentirme agradecido — hay una diferencia enorme entre querer y decidir — sino porque lo decidí intencionalmente. En los momentos más oscuros. En los momentos más estresantes. También en los más felices. La gratitud no como emoción, sino como postura.
Pero esta historia no es sobre gratitud. Es sobre un cubo.
El pasillo de los juguetes
Un día fui con mi esposa y mi hijo a una tienda de artículos chinos. Mi chiquitino de 6 años estaba como loco en el pasillo de juguetes. Yo también, siendo honesto. Puras cosas de mi época: ajedrez, serpientes y escaleras, carros de plástico.
Y de pronto mis ojos se posaron sobre un área con unos 50 tipos de cubos Rubik.
Salí de la tienda con 4.
Dije: “Ya tengo más de 40. Es hora de ponerle nuevas conexiones neuronales al cerebro.” Y también, aunque no lo dije en voz alta, quería probarme algo. A mí mismo.
El proceso fue más o menos así:
- Día 1: desarmar los cubos.
- Días 2 al 4: intentar armar una cara.
- Día 4: lograr armar una cara.
- Días 5 al 8: intentar armar dos caras… y darme cuenta de que armar dos destruye las otras.
- Día 15: decidir aprender en serio. Porque ya a mis 41 años, ¿qué tan difícil puede ser?
- Día 15: encontrar en TikTok a un niño de 12 años enseñando paso a paso. Y aprender de él. Un hombre de 41 aprendiendo de un niño de 12. Y aprendí mucho.
- Día 25: frustrarme tanto que deshice el cubo peor de lo que estaba. Pensé: “Esto no es para mí. Ya estoy muy viejo.”
- Día 45: armar el primer cubo completo.
- Día 50: poder armar cualquier cubo Rubik, sin importar qué tan desarmado estuviera.
Lo que el cubo me enseñó
Para poder armar un cubo, puede pasar de varias formas: por coincidencia, por insistencia, por aprendizaje, por práctica. Yo aprendí que se necesitan algunas cosas específicas.
Fe. Creer que lo voy a lograr. Verme con ese cubo ya armado antes de tenerlo en las manos. Tener convicción de que a pesar de que físicamente ni yo ni nadie más lo pueda ver todavía, voy a llegar a verlo armado. Sin esa imagen en la mente, el proceso no arranca.
Decisión. Y aquí hay algo que quiero que quede claro: la decisión no es solo el momento en que empiezas. La decisión es tomar la determinación de iniciar, y en esa misma decisión comprometerte a seguir hasta lograrlo. No son dos decisiones — es una sola. Empezar a medias es no haber decidido todavía. El día que compré esos cuatro cubos no solo decidí intentarlo. Decidí que lo iba a terminar. Esa es la diferencia.
Humildad. La humildad de entender que no lo sé todo. Que hay personas que saben más que yo. Y estar dispuesto a aprender de ellas, aunque sean un niño de 12 años en TikTok. En el día 25, cuando la frustración ganó, perdí la humildad por un momento. Y el cubo me lo cobró.
Inversión. Tiempo, dinero, energía. Digo “invertí” en esos 4 cubos porque así lo sentí: una apuesta intencional sobre algo en lo que creía.
Fallar. Esta fue quizá la lección más importante. Las victorias no nacen de victorias. Las victorias nacen de fallar, de aprender las maneras de no hacer las cosas, y de volver. El día 25 fue uno de los momentos más importantes del proceso, aunque en ese momento se sintió como el más oscuro.
Adaptarse. Cada vez que fallé, aprendí a buscar otra perspectiva. A cambiar el movimiento. La vida, como el cubo, rara vez se resuelve desde el mismo ángulo.
Constancia. Seguir, seguir, seguir. No importa qué tan frustrante sea. Disciplina: volver a la fe y a la decisión inicial de empezar y seguir adelante. Practicando. Fallando. Y volviendo.
Donde entra la Biblia
Hay un texto en Santiago 1 que no ha dejado de resonar en mí este año entero: “cuando vuestra fe se ponga a prueba, vuestra constancia tiene oportunidad de desarrollarse.”
Lo que siempre nos han enseñado es que Dios manda pruebas. Y eso puede ser cierto. Pero pocas veces nos han enseñado que también nosotros podemos entrar en esas pruebas. Que podemos, como yo con ese cubo, meternos intencionalmente en un proceso que va a poner a prueba lo que creemos, lo que somos, lo que decidimos.
La fe a prueba no es un evento momentáneo. Es el inicio de un proceso. Un proceso de fallas, fracasos, humildad, decisiones, adaptaciones, cambios de perspectiva. Y ahí —solo ahí— es donde la constancia se desarrolla. No en las victorias fáciles. En el largo camino de volver al cubo todos los días, aunque el día anterior lo hayas destruido de la frustración.
Y hay algo más que no quiero dejar pasar.
En griego, la palabra que en la Biblia traducimos como “corazón” es kardia. Y para los griegos, el kardia no era el centro de las emociones. Era el centro de los pensamientos, las intenciones, la voluntad. De donde fluía la vida. Por eso Jesús dijo que donde está tu kardia, ahí está tu tesoro.
El día 25, en ese momento de frustración máxima, en lugar de lograr lo que quería, deshice el cubo peor de lo que estaba. Y pensé: “Esto no es para mí. Ya estoy muy viejo.”
Ese pensamiento era mi kardia en ese momento. Y si me hubiera quedado ahí, no habría llegado al día 45.
Nosotros somos el resultado de aquello que pensamos. Y actuamos a partir de nuestros pensamientos. Son las acciones —no las intenciones— las que nos llevan a donde queremos llegar.
El día 50
El día 50, mi esposa me dijo: “Es que puedes armar ese cubo porque eres muy inteligente.”
Y la verdad es que no. Pude armarlo porque decidí que lo iba a lograr. Porque puse mi fe a prueba, no esperé a que alguien más lo hiciera por mí. Porque fallé muchas veces y volví. Porque aprendí a ser humilde y a adaptarme. Porque seguí, seguí y seguí, aunque algunos días el cubo y yo no nos queríamos para nada.
Eso es lo que desarrolla la constancia. No las condiciones perfectas. El proceso imperfecto que decides sostener.
Mi pregunta para ti
¿Cuál es el cubo Rubik que quieres armar?
¿Qué va a requerir de ti? ¿Cuál es tu inversión — sea tiempo, dinero, energía, humildad?
¿Ya viste ese cubo terminado en tu mente? ¿Crees que lo vas a lograr aunque todavía no lo tengas en tus manos? ¿Tienes la convicción de que a pesar de que físicamente ni tú ni nadie más lo pueda ver, vas a llegar a verlo armado?
Este año no ha sido fácil para mí. Ha sido un año de pérdidas, ajustes, noches oscuras y de preguntas sin respuesta inmediata. Pero ha sido también el año en el que aprendí a armar cubos Rubik, y con ellos, aprendí algo sobre la fe, la constancia, y la clase de persona que quiero seguir siendo a mis 41.
El cubo sigue aquí. Y cada vez que lo armo, recuerdo que también yo pude con ese año.
Tú también puedes con el tuyo.